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El niño, entonces, sollozaba a gusto y decía: Soy ratón.
Este ocultar los sentimientos es un mandato para muchos de nosotros que se nos quedó grabado en el cerebro desde la más tierna infancia: No llores. Debes de ser fuerte. Tienes que aguantar tu tristeza por tus padres, por tus hermanos o por quien sea. Fortaleza. Entereza. Mensajes que eran parejos para hombres y mujeres. Yo recuerdo cuando asesinaron a Kennedy, de lo que más escuché hablar era de la fortaleza de Jackie, la esposa: ni una lágrima, ni un puchero, parada frente al féretro con sus dos niños de la mano y sin titubear, sin doblegarse, sin rendirse... en fin, la viuda del Presidente era lo más admirable del mundo en ese momento. Yo era una niña y entendí lo de las alabanzas a Jackie, pero en realidad no comprendí ni pude asimilar cómo podía ser tan maravilloso el guardarse las lágrimas cuando se murió tu marido.
Mala enseñanza y mal aprendizaje pero así fue y sigue siendo en muchos casos aunque hoy se sabe muy bien que no llorar provoca neurosis, angustia, insomnio e incluso infartos. Guardar la tristeza es como guardar la basura en casa para que no la vean los vecinos. Llorar es como dejar que corra el agua de lluvia por la cara y por las calles, que ya se secará y saldrá el sol de nuevo.
Y, a propósito, yo también soy ratón como mi hermano.
